Es alto el costo de ser coherente con lo que uno piensa y quiere decir en un país como Cuba, porque la, la policía política opera de una manera muy macabra
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Julio Llopis-Casal nació el 17 de febrero de 1984 en La Habana, donde creció y vivió la mayor parte de su vida. A pesar de las dificultades económicas del Período Especial, recuerda una infancia funcional y una juventud feliz, marcadas por un entorno familiar e intelectualmente estimulante que favoreció el desarrollo temprano de una mirada crítica sobre la realidad cubana. Como artista visual, se integró en una comunidad cultural crítica que se movilizó contra el Decreto 349 en 2018, una normativa percibida como un intento de censurar la creación artística. Este episodio supuso un punto de inflexión en su vida y lo colocó bajo el escrutinio de la Seguridad del Estado. Con el tiempo, la represión y la vigilancia se intensificaron, especialmente tras su vinculación con el Movimiento San Isidro y las protestas del 27N, extendiéndose también a su entorno familiar como forma de presión psicológica. El acoso constante, las campañas de difamación en medios oficiales y las amenazas dirigidas a sus seres queridos generaron una presión insostenible. Agotado y con el objetivo de proteger a su familia, Julio tomó la decisión de abandonar Cuba. Su testimonio muestra cómo el exilio no fue una elección libre, sino la consecuencia de defender la libertad de expresión y la dignidad personal bajo un régimen que utiliza la intimidación y el hostigamiento familiar para silenciar la disidencia.