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El país de Cuba está literalmente muerto en el orden objetivo y en el orden subjetivo, y eso no es poco.
Jenny Victoria Pantoja Torres nació el 2 de enero de 1968 en Santa Clara; desde prácticamente su nacimiento creció en La Habana y se identifica como habanera.
Su segundo nombre, Victoria, remite simbólicamente al 2 de enero, fecha asociada al triunfo de la Revolución cubana.
Proviene de una familia estrechamente vinculada al proceso revolucionario: su madre, originaria de Oriente, fue misionera pentecostal antes de 1959 y luego trabajó en el Partido Comunista y en las Fuerzas armadas revolucionarias de Cuba.
Su padre fue periodista de Radio Progreso, crítico en su ejercicio profesional pero leal al proyecto revolucionario.
Creció en un entorno marcado por la austeridad, la honestidad y la idea del servicio público, sin apropiación de privilegios personales.
Pasó su infancia y adolescencia dentro de las estructuras del Estado y del aparato militar, lo que le permitió observar desde temprano las contradicciones internas del sistema.
Fue una estudiante disciplinada, con roles de liderazgo escolar y participación activa en las organizaciones juveniles oficiales.
La muerte de su madre en 1982, cuando tenía catorce años, marcó un quiebre vital y el inicio de una transformación personal profunda.
Inició estudios de Medicina y posteriormente de Derecho, carreras que abandonó por dificultades económicas y por razones éticas.
Se formó finalmente en Historia y teatro, ámbitos que se convirtieron en espacios de libertad intelectual y crítica.
A finales de los años ochenta vivió un despertar intelectual y espiritual impulsado por la literatura crítica y el análisis histórico de los procesos revolucionarios.
En 1989, el juicio conocido como la Causa número uno marcó su ruptura consciente con el régimen cubano.
Durante los años noventa participó activamente en el teatro como espacio de crítica simbólica al poder y de reflexión social.
Es madre de dos hijos, a quienes ha criado principalmente de manera autónoma, en un entorno de fuerte presión económica y política.
Entre 2014 y 2023 desarrolló su trabajo profesional en el campo de la antropología, combinando investigación académica y trabajo de campo en distintas regiones de Cuba.
Su labor antropológica se centró en el análisis de las dinámicas sociales, culturales y religiosas, así como en los mecanismos de control institucional.
Desde su propia evaluación, Cuba atraviesa hoy un colapso estructural, económico y moral, que solo puede revertirse mediante una reforma política profunda que devuelva la agencia cívica y productiva a la sociedad.
“Yo crecí creyendo que estaba defendiendo algo justo. Y durante mucho tiempo no tuve el lenguaje para decir que no. Hoy sé que el país está muerto, objetivamente y subjetivamente. Eso no es poco. Pero también sé que de las muertes nacen otras cosas”, dice antropóloga cubana Jenny Victoria Pantoja Torres.
“Yo nací el 2 de enero de 1968 en Santa Clara, pero no me siento de Santa Clara. Yo soy habanera. Santa Clara es un dato, no es una identidad.” Su primer nombre de pila se debe a la esposa de Karl Marx y, el segundo nombre, Victoria, tampoco fue una elección aleatoria: “Victoria tiene que ver con el 2 de enero, con la victoria de la Revolución Cubana, o es supuestamente todavía el día de la Victoria. Eso te marca. No es solo un nombre.”
Marcada por la afinidad al proceso revolucionario
La historia de la mudanza familiar para la capital cubana está rodeada de muchos signos de interrogación – su abuelo quien había tenido un periódico en Las Tunas, tuvo que huir en el 1957 por persecución de la cual Jenny no sabe mucho detalle. Se fue a los Estados Unidos y “mandó a toda la familia que se mudara para La Habana para perder el rastro de toda esta persecución”, narra Jenny. La única que no se mudó a La Habana, fue su madre quien por aquel entonces era misionera pentecostal en Manacas. Tras el triunfo revolucionario en 1959 abandonó su vida religiosa y se entregó por completo al nuevo proyecto político, mudándose a Santa Clara, donde empieza nuestra narración, donde Jenny vivió meros siete primeros meses de su vida. La madre de Jenny primero trabajó en el Comité Central del Partido Comunista y más tarde pasó a las Fuerzas armadas revolucionarias de Cuba. El padre, Luis Orlando Pantoja, era un periodista conocido de Radio Progreso, crítico en lo profesional, pero leal al proyecto revolucionario. Por lo tanto, la infancia de Jenny quedó fuertemente marcada por la afinidad al régimen de Fidel Castro.
En el 1968, cuando su madre empezó a trabajar en el Comité Central, “le dan una planilla para que ella se pusiera su salario, el que ella entendiera, y ella se puso ciento doce. Se puso poquito porque entendió que con eso podía mantener a su hija y mantenerse ella. Pero da la medida, además de la honestidad de mi mamá, de cómo funcionaban las cosas a esos niveles. Ese cuento se hacía mucho en mi casa para mostrar, porque casi toda la familia… a mí me criaron con esos patrones de honestidad, de austeridad, y que no había que pedir más, sino que había que siempre dar”, explica Jenny la base en la cual fue criada. “Mi familia creía en el proyecto, pero no eran de las personas que veían en el proyecto una oportunidad para sí mismos, para mejorar o para escalar, sino un camino de sacrificio para que fuera un bien para todos”, agrega los detalles, especificando que así funcionaba sobre todo la parte materna de su familia, mientras que la paterna estuvo más bien ausente.
Muy importante era también un alto grado de igualdad de género en el cual la criaba su mamá: “Ella decía: ‘¿Por qué no vas a tener un carro si ahora las mujeres podemos estudiar ingeniería, podemos estudiar cualquier cosa? Tú no sabes a lo mejor mañana tú eres una excelente ingeniera mecánica o una excelente ingeniera del transporte’. Me educaron con una perspectiva muy abierta, que rindió fruto.
Eso no está bien
La niña Jenny acompañaba a su madre a unidades militares – después de haber trabajado en el Comité Central, pasó a la vida de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba. Jenny escuchaba conversaciones de adultos, de oficiales, de soldados. “Yo oía hablar de Stalin, del gulag, de la represión. No como consignas, sino como historias que se contaban entre ellos”, narra. Desde muy pequeña, por lo tanto, percibió una disonancia que aún no sabía nombrar específicamente: “Yo me empecé a cuestionar muchas cosas por dentro, pero no hablaba ni decía nada, porque en mi casa todo era tan fervientemente revolucionario que yo era incapaz de discrepar en voz alta.” En su mundo de diez u once años de edad, percibía de la prohibición de música, del pelo, de la forma de vestirse, de decir lo que uno pensaba. “Yo por dentro decía: Eso no está bien”, recuerda.
“Supuestamente yo era la mujer del futuro y el futuro era para que las mujeres ocuparan todos los puestos y todos los lugares”, sigue narrando Jenny. En la escuela fue una alumna ejemplar - disciplinada, aplicada, ambiciosa. “Yo era pionera, dirigente, cumplía todo. Defendía la Revolución porque creía que era lo correcto.
Participé en un acto de repudio
Tenía doce años durante el éxodo del Mariel, cuando participó en un acto de repudio. “Eso es algo que digo siempre. Yo estuve ahí.” Recuerda que se negó a lanzar huevos, pero no se excluye de la escena. “Aunque no tiré huevos, estuve ahí. Y eso fue una vergüenza.” Hay nombres que no se le han borrado nunca. “Yo recuerdo los nombres de las muchachitas contra las que fue ese acto. Jacqueline y Yelaine. Los nombres de esas muchachas nunca se me olvidaron nuca”, narra uno de los hechos que la persigue hasta hoy. “Ahora yo oigo a la gente y la gente dice: ‘Yo no participé en actos de repudio’. ¿Quiénes eran entonces los que estaban en las calles, que se llenaban de gente masivamente haciendo actos de repudio? Yo lo digo y para mí eso es un bochorno, pero yo tenía doce años, yo estaba totalmente adoctrinada en que eso era lo correcto y que había que repudiar a estas personas. Aunque luego ya después uno lo analiza y uno realmente dice: eso es terrible”, resume Jenny.
La primera grieta no vino de la política, sino de la cultura. La madre, a pesar de su compromiso con el sistema, le dio una educación cultural excepcional. Teatro, conciertos, exposiciones, libros. “Mi mamá me llevaba a todo. Me enseñó a mirar, a escuchar, a pensar.” La cultura abrió un espacio interior donde la doctrina empezaba a resquebrajarse sin que ella lo supiera aún.
La muerte de su madre
En mayo de 1982, la madre de Jenny murió. Tenía cuarenta y seis años, Jenny tenía catorce, acababa de terminar el noveno grado. “A partir de ahí, no inmediatamente, pero mi vida empezó a girar de una manera tremenda, muy sacudidora”, recuerda. Su transformación fue paulatina, hacia lo humano, tolerante, pero sabiendo conservar los valores recibidos - “cívicos y patrióticos y en hacer por la nación”, describe Jenny.
Tras la muerte de la madre quedó bajo el cuidado de la familia extensa, especialmente de un tío militar y sus abuelos. Empezó a vivir entre varias casas, abriéndosele así un espectro más amplio. A los 18 años empezó a vivir sola, relacionándose con el mundo artístico cada vez más. “Luego yo descubrí ya con veinte años que todo el barniz ideológico y político realmente era un barniz”, elabora. El cambio de pensamiento estaba a punto de caer. “A veces me miro y a veces miro las personas que todavía defienden el proceso y yo veo a mi familia, veo a mi tío, que murió el mes pasado, y él nunca se enteró que a mí la policía me dio palo, nunca, no lo supo él”, narra Jenny sobre sus enfrentamientos con el régimen. Pero antes de llegar a ello, parémonos aún en su formación.
Jenny, a sus 18 años, ingresó en la carrera de Medicina movida por la idea de servicio, pero tuvo que abandonar después de que a mediados del primer año de estudios le fue retirada la pensión de huérfana, argumentando que ya tenía la edad para trabajar, a pesar de que cursaba aún sus estudios. Dejando la Medicina, se matriculó en derecho, pero su pasión se enfocaba en otro ámbito – en el teatro, por lo cual el Derecho lo dejó inconcluso después de unos dos años, cambiándose para la Historia. “Pasé a un proyecto de la Asociación Hermanos Saíz, que finalmente se profesionalizó, y llegué a ser actriz profesional durante casi diez años”, consta con agradecimiento, asumiendo que el grupo teatral significó una verdadera escuela para ella.
Después de Orwell, lloré
Habiendo sida “una lectora voraz de la literatura soviética”, como Jenny misma afirma, gracias a su entorno artístico, se enfocó en otro rumbo literario - el prohibido, censurado – El Maestro y Margarita, Rebelión en la Granja, y, entre otros muchos más, el 1984 de George Orwell. “Cuando terminé 1984, con el que me desgarré, lloré. Fue una catarsis total. Me cayó la gran estafa. Y ya, la gran estafa, después la gran estafa”, describe Jenny su derrumbe interior. Empezó a estudiar de manera sistemática las revoluciones, el terror y los mecanismos de poder. Al mismo tiempo atravesó una crisis espiritual profunda. Insomnio, depresión, búsqueda de tranquilidad y silencio, a través de iglesias y naturaleza.
Desde niña había tenido premoniciones y visiones. A los diez años “vio” la muerte de su madre que, efectivamente llegó cuatro años más tarde. Tras la pérdida, ese mundo interior regresó con fuerza y su mamá empezó a aparecer como parte de los fantasmas. Jenny, durante mucho tiempo no habló de ello. “Tenía miedo de que me llamaran loca.” La familia lo entendió como un proceso psicológico y así se trató, médicamente. Entre los diecinueve y veinte años, hasta 1988, se produjo un renacimiento suyo: “Yo empiezo a creer en Dios sin ningún nombre específico, en los espíritus, en la vida y el más allá”, describe su catarsis espiritual.
En 1989 llegó la “Causa número Uno”, el juicio al General Ochoa. “Yo vi todo lo que pusieron en la televisión. Yo me sentaba disciplinadamente, falté a los ensayos de teatro, falté a todo, no fui a citas amorosas, no fui a nada. Yo vi todo. Pero además compraba el Granma al otro día y me leía todo, y los tuve guardados durante muchos años. Los tenía señalados, los tenía… Fue material de estudio para mí”, describe Jenny quien, una de las grandes causa de “no retorno” hacia la doctrina fidelista para muchos, abordó nuevamente como suele hacer – estudiándola y analizándola hasta el más nítido detalle. Hasta que se encontró con una amiga quien le dijo que “todo lo que han dicho es una mentira, toda esa gente es un chivo expiatorio”.
El universo me dijo: Despierta
Jenny no oía la Radio Martí, no tenía contacto con “nadie que fuera marcadamente disidente”, pero aun así, su manera nuevamente autodidacta sobre el juicio al General Ochoa, rindió resultados: “Realmente a partir de ahí yo dije: efectivamente, es un narcoestado, es un sistema dictatorial, es un totalitarismo”. Después de haber concluido el proceso espiritual, empezó el proceso de cambio mental. “Empecé a buscar más en la historia de Cuba, los procesos, las palabras a los intelectuales, todas esas cosas, todos esos puntos referenciales que eran supuestamente a favor o hablaban a favor. Y yo empecé a verlos de otra manera, a verlos como que realmente eran el cierre, eran el horror”. No paró y siguió estudiando. “Fue como que el universo me entrara de pronto a golpes y me dijera: ‘Despierta’”, describe. Ya en los años 90, entró “hecha una rebelde, antisistema”.
Asimismo, en los años noventa, el teatro se convirtió en un espacio de crítica y riesgo. Dentro de la Asociación Hermanos Saíz trabajó en obras metafóricas, ambiguas. “Los de las camisas de cuadro estaban siempre en los estrenos, todos sabíamos que eran la Seguridad del Estado.” Participó en montajes sobre la represión, el absurdo, el terror revolucionario. Hicieron una obra sobre la Revolución Francesa, Marat, el terror jacobino, todo lo que se podía leer en paralelo.
El miedo a perder
En 1993 quedó embarazada de manera no planificada. “El padre no quiso. Yo no obligué a nadie.” El hijo nació en 1994. “La maternidad me suavizó. Me devolvió el miedo a perder. Pensé: a mi hijo no le puede pasar lo que me pasó a mí”, refiere a haber perdido ella misma a su mamá a una edad muy joven. Tuvo un segundo hijo, cuyo padre murió, dejando a Jenny criando a sus dos hijos sola. “Yo era la oveja negra de la familia.” Por la fe, la espiritualidad, la maternidad independiente, la posición crítica.
Durante el período especial vivió una experiencia doble. “La etapa más dura fue el año 1992 y 1993., que yo no tenía hijos todavía, pero esa fue una etapa muy loca, muy creativa y muy libre”, describe como vivía en una comunidad ligada a la naturaleza, en unas cuevas en Matanzas. Ya en 1994, teniendo en el propio periodo especial a uno y después incluso dos críos que alimentar, sus prioridades tuvieron que cambiar. Las reformas gubernamentales de aquel entonces que permitieron la entrada al turismo, fueron su posibilidad: “Yo saco mi licencia de cuentapropista y empiezo a vender muñequitos de barro como artesana y con eso subsistí embarazada y logré guardar dinero para un buen período de meses cuando mi hijo naciera”, describe. Más tarde, se dedicó a literal cualquier cosa para subsistir, incluso vendía dulces en la calle. “Era actriz, pero si había que vender dulce para que mi hijo comiera y tuviera su dieta, yo lo vendía. No tenía problema con eso”, resume, haciendo alusión directa a los tiempos de Cuba de hoy: “El periodo especial creo que realmente era como la preparación de todo esto que tenemos ahora. El periodo especial, en realidad, nos parecía lo más duro, lo más difícil. Creo que ahora es peor”, compara lo dura que es la situación actual.
Camino hacia la oposición
Jenny, cada vez más, empezó a formar parte de las ideas opositoras. En 2002, quiso firmar el Proyecto Varela. No lo hizo. “Eso aún me pesa muchísimo.” Discutió duramente en la familia por la reforma constitucional de 1992 y la cláusula de irrevocabilidad del socialismo en 2002: “Tú no puedes obligar a un pueblo entero y a sus hijos y a los que vengan a mantener un sistema que no produce, que no resuelve, que no funciona, que está probado que no funciona”, analiza Jenny.
Durante unos diez años, Jenny trabajó con astrología y tarot, pero la carga emocional era enorme, y encima, su intelecto sufría. Decidió volver a la Universidad, a la carrera de Historia. Sin embargo, qué sorpresa se llevó al saber que su expediente desapareció. “Yo la había dejado como en un tercer año, tenía casi veinte asignaturas hechas y de pronto mi expediente no estaba. Y la secretaria, con mucha tranquilidad, me dijo: ‘Tienes que empezar de cero’”, relata. Y en efecto, empezó desde cero, terminó la carrera en tres años, graduándose a sus 41 años de edad. Siguió estudiando, quiso hacer su maestría en antropología pero en aquel momento no había. Pero siguió: “Estudié licenciatura en Ciencias de las religiones en el ICRE, que es una escuela que está junta, pertenece al seminario teológico de Matanzas. Luego, además de ser estudiante, pasé a trabajar dentro del ICRE como secretaria docente”, narra. Trabajaba de profesora, trabajó en el cementerio de Colón, pero sobre todo seguía estudiando. “En apenas ocho años tenía dos carreras y varios diplomados y una maestría que había empezado en el 2012 y que la terminé en el 2014. Una maestría en estudios interdisciplinarios sobre historia de Cuba, América Latina y el Caribe, un nombre un poco largo, lo que la gente conoce como la maestría de historia de Cuba, por la Universidad de La Habana”, describe. Su etapa vital de antropóloga acababa de iniciar. Un sueño cumplido, en el Instituto de Antropología, donde pasó casi 10 años, hasta el 2023.
El repentino acceso al internet en su nueva oficina fue un detonador del más allá de su investigación antropológica: “Chocar con internet me hizo repensarme incluso toda mi tesis de la primera maestría, porque tengo dos maestrías: una en estudios interdisciplinarios sobre historia y otra en estudios sociales y filosóficos sobre religión. Y empiezo a repensarme en muchos sentidos. Eso para mí fue realmente en mi pensamiento una revolución”, describe. A los pocos meses de haber sido contratada, la ponen a cargo de un equipo de investigación. Planteó un proyecto de un estudio comparativo desde la religión, a lo largo de todo el país. Fue una temporada rica, como describe, llena de trabajo de campo. Un lugar especialmente importante en la investigación fue para Jenny una vez más Matanzas. “Para mí Matanzas tenía como un imán y mi voz interna”, describe Jenny.
Chocar con una Cuba desconocida
“Es como chocar de pronto con una Cuba que yo no sabía. Tú lo intuyes, tú lo sabes, pero no es lo mismo ver un documental que palparlo, que estar en los lugares. Ir a Guantánamo, meternos en una casa de alguien que no conocíamos en Guantánamo, entrevistarlo, presenciar otras maneras de ver los procesos religiosos y asumirlos, estar en ritos, en cosas que eran diferentes a lo que usualmente se mueve más en la ciudad. Y eso me movió muchísimo”, narra sobre su investigación antropológica, en la cual, poco a poco, la cuestión meramente religiosa se quedaba “chiquita”, al ver qué tanta pobreza en los barrios y disfuncionalidad de éstos había que resolver. “Fue como volver a entrar en ese solar cuando tenía diez años y darme cuenta de que realmente el problema de la vivienda en Cuba no se había resuelto, como decía mi mamá, que se había resuelto ya. Y eso a mí en el orden humano me golpeó mucho”, describe sus móviles. “De pronto yo me vi en esos lugares, en esos barrios, con un arsenal de información de los procesos que se apartan de los libros, que es ahí a flor de piel con la gente”, narra Jenny. “Porque realmente todo el aparato ideológico del Estado, los aparatos ideológicos del Estado, estuvieron en función, como todo totalitarismo, de construir un proceso de ideologización que realmente es el centro al que el individuo tiene que tributar. Si tú tributas a un Dios o tributas a una religión, cualquiera que sea, tú tienes un sentido, un ligamen, un sentido en tu vida independiente de la ideología del Estado o de un proceso de adoctrinamiento del Estado. Tú eres un individuo que te puedes apartar de esa ideología porque tu centro no está ahí, está en una construcción otra, ya, que es en este caso una religión”, funda su conocimiento, aplicándolo a la práctica. Y así, describió con precisión los mecanismos de control. Retirada de santos, regulación de rituales, un santo cada seis meses, esconder prácticas. “El Estado totalitario no tolera competencia ideológica.” En 1992 se creó la Asociación Cultural Yoruba de Cuba. “Eso fue institucionalización para controlar.” Aun así, el carnet servía, aunque fuera para poder portar un cuchillo ritual sin ser acusado de andar con un arma blanca.
A partir del 2020, cuando el mundo se sumergió en la pandemia de la COVID-19, empezó a ser mucho más activa en las redes. “Yo empiezo a postear muchas cosas, incluso cuando antes de la sentada frente al Ministerio de Cultura, toda la campaña que realizó el Movimiento San Isidro en contra del ‘Decreto Mordaza’ del Decreto 329, posteé muchísimas cosas a favor de la abolición del decreto”, describe su activismo, hasta aquel entonces principalmente en línea. “El golpetazo para darme cuenta de que había que hacer algo fue el 11 J, que de pronto empieza a suceder abiertamente, y de una manera brutal”, dice Jenny, quien inmediatamente se sumó al Movimiento Archipiélago al ser establecido. Al mismo tiempo, empezó a leer a Alina Bárbara López Hernández, quien en marzo del 2023 declaró que iba a protestar por su derecho de manifestación en case a cuatro puntos. “Esos cuatro puntos me parecían a mí que resumían de una manera magistral el inicio de una transición o de un cambio necesario en Cuba, que no se podía esperar más, que no se podía aguantar más”, relata Jenny, habiéndose sumado a lo mismo en mayo de aquel año.
Me tenían marcada
Jenny pidió la baja en su trabajo. “Ya yo sabía que, por el centro de trabajo, el de la Seguridad que atendía el centro, me tenían marcada y de hecho me habían hecho una especie de aislamiento para que yo no participara en muchas cosas que me correspondían como investigador y yo me daba cuenta y eso era algo que venía desde hace meses, incluso un año”, da base para su decisión. En julio se sumó a Alina Bárbara en su activismo en Matanzas y allí es donde finalmente se conocen en persona. Empezaron a protestar cada día 18 de cada mes. “Ya empezaste un camino, un sendero de manifestar tu postura, que hace falta, que más ciudadanos se sumen o estén, porque cada vez todo es peor, pues entonces no puedes dejarlo”, describe Jenny. Llegaron las represiones. Detenciones, calabozos, interrogatorios, siendo el primero de muchos el choque directo en la víspera del juicio de Alina Bárbara, cuando Jenny fue privada de su derecho de viajar a Matanzas libremente. En etapas posteriores, narra interrogatorios que funcionan como “careos” y acusaciones estándar de financiación extranjera, frente a las cuales explica el origen de sus ingresos por consultas de astrología. También relata el contacto con la teniente coronel llamada Kenia, famosa por sus interrogatorios en Villa Marista, por no buscar información sino imponer una “exposición” ideológica i intentar a sus víctimas a disuadirlas de participar en futuras protestas. Finalmente, sitúa su caso dentro de una causa penal junto a Alina Bárbara: detención en un punto aislado, golpiza durante el arresto, intento de asfixia y agresiones para arrebatarle el teléfono, seguida de cargos por “atentado” y una petición fiscal de tres años. El proceso se prolonga durante más de un año y medio, con suspensiones de última hora y fechas comunicadas de forma irregular, mientras persisten arrestos breves y controles arbitrarios incluso para actividades básicas como comprar comida. Relatos detallados que, esperemos, encuentren pronto su base penal hacia los perpetradores, posterior de la caída del régimen totalitario en Cuba.
La muerte es cambio y resurección
Jenny no se queda corta con la crítica, a lo largo de la entrevista de casi cuatro horas, refleja su preocupación. Habla de la fragmentación del poder, recordando la empatía de la propia policía que la detuvo en una de sus manifestaciones. “Soy optimista porque justo la historia, cuando la miras, te obliga a ser optimista – hay siempre periodos de retroceso. Estamos en uno muy grande que no ha llevado demasiado tiempo y yo creo que detrás de esto puede venir un periodo de recuperación”, analiza, sin opacar que no lo considera un proceso rápido. “Hay demasiadas estructuras fragmentadas, pero al final es un país que puede renovarse, recuperarse, y eso va a depender mucho de los jóvenes”, resume, sin faltar el análisis de la base de esa fragmentación, en la historia profunda del siglo XIX, causando esa desunión. “. Si lográramos todos, que la mayoría del pueblo está a favor del cambio, unirnos, realmente ellos no duran un día, no duran 24 horas”, reclama en su entrevista Jenny, dirigiéndose a los directivos actuales de Cuba.
“Cuba está totalmente colapsada”, plasma su opinión. “No en los apagones, sino en el sistema”, agrega. “El país está literalmente muerto en el orden objetivo y en el orden subjetivo, y eso no es poco”, declara. “Pero después de la muerte se está cerrando un ciclo y como todo proceso de muerte, se muere, pero se renace, porque eso es la muerte – es cambio y resurrección”, concluye una vez más con una visión positiva Jenny Pantoja.
Nota editorial: El proyecto de la Memoria de la Nación Cubana, quedó después de ocho años, en febrero de 2026 abruptamente clausurado por falta de recursos, después de que el gobierno de la República Checa decidiera no seguir con su programa de apoyo a las transiciones hacia la democracia en el mundo. La entrevista de Jenny Pantoja fue la última realizada. Una verdadera joya digna del cierre. Esperemos que el trabajo realizado en conjunto con nuestros colegas cubanos, y en especial con nuestro querido amigo R., sirva para su mayor propósito que siempre tuvimos en mente – una Cuba verdaderamente libre y democrática. Fue un honor haber podido aportar un granito de arena a este proceso. Atentamente, su servidora, Eva Kubátová, coordinadora del proyecto
El éxodo del Mariel fue una salida masiva de Cuba ocurrida entre abril y octubre de 1980, cuando el gobierno permitió la emigración desde el puerto de Mariel, al oeste de La Habana. En pocos meses, alrededor de 125 000 cubanos abandonaron la isla rumbo a Estados Unidos. El proceso estuvo acompañado por actos de repudio, hostigamiento público y violencia simbólica contra quienes decidían marcharse, promovidos y tolerados por el Estado.
El caso del general Arnaldo Ochoa Sánchez culminó en 1989 con el llamado Proceso de la Causa No. 1, un juicio militar televisado en el que Ochoa, héroe de las campañas militares cubanas en África, fue acusado de narcotráfico, corrupción y traición. Tras un proceso sumario, fue condenado a muerte y fusilado junto a otros oficiales. El caso tuvo un fuerte impacto en la sociedad cubana y es interpretado por muchos como un acto ejemplarizante y político, destinado a cerrar filas internas y a enviar un mensaje de disciplina absoluta dentro de las Fuerzas Armadas y del propio aparato del poder, en un momento de crisis regional e internacional para el régimen cubano.
El Proyecto Varela fue una iniciativa cívica impulsada en 2002 por el opositor cubano Oswaldo Payá Sardiñas, que utilizó un mecanismo previsto en la Constitución de 1976 para solicitar un referéndum sobre libertades fundamentales, entre ellas la libertad de expresión, de asociación, la amnistía para presos políticos y la posibilidad de elecciones plurales. El proyecto reunió más de once mil firmas validadas y fue presentado ante la Asamblea Nacional. La respuesta del Estado fue promover una reforma constitucional que declaró el carácter “irrevocable” del socialismo, neutralizando la iniciativa. El Proyecto Varela se convirtió en un referente del activismo cívico no violento en Cuba y en un símbolo de los límites reales de la legalidad constitucional dentro del sistema.
El 11 de julio de 2021 (11J) se produjeron en Cuba las mayores protestas antigubernamentales desde 1959, con manifestaciones simultáneas en decenas de ciudades y pueblos de la isla. Miles de personas salieron a la calle para expresar su descontento por la crisis económica, la escasez, los apagones y la falta de libertades, coreando consignas como “Libertad” y “Patria y Vida”. La respuesta del Estado incluyó cortes de internet, despliegue policial y militar, detenciones masivas, juicios sumarios y condenas de prisión, especialmente contra jóvenes y manifestantes pacíficos. El 11J marcó un punto de no retorno en la relación entre la ciudadanía y el poder, y abrió una nueva etapa de represión sistemática del disenso público en Cuba.
Alina Bárbara López Hernández es una historiadora, ensayista y activista cívica cubana, conocida por su crítica pública y sostenida al régimen desde una posición ética, intelectual y no violenta. A partir de 2021, se convirtió en una de las voces más visibles del disenso cívico dentro de la isla, especialmente por su participación en acciones de protesta pacífica y por su defensa del derecho a la manifestación ciudadana. Ha sido detenida en múltiples ocasiones, sometida a vigilancia policial, interrogatorios y procesos administrativos, particularmente en la ciudad de Matanzas, donde reside.
© Všechna práva vycházejí z práv projektu: Memoria de la Nación Cubana / Memory of the Cuban Nation
Witness story in project Memoria de la Nación Cubana / Memory of the Cuban Nation (Eva Kubátová)